viernes, 4 de abril de 2014

Corazones a la deriva.

Decidme quién es capaz de quitar todas las astillas de los corazones que la tormenta arrasó, y de encerrar todos nuestros intentos de suicidio en el baúl polvoriento de los recuerdos ya olvidados, segmentados por las fronteras de nuestra locura, una locura que no pretende hacer nada más que quedarse sentada esperando a que nos consumamos.

Hoy, solo queda el humo de mil noches, envolviendo nuestras cuerdas vocales, y en este local solo quedamos un par de tontos, haciéndonos el boca a boca unos a otros y buscando las llamas que provocaron este maldito humo para poder apagarlas y que no nos amarguen más la vida.

Aún así, solo encontramos fósiles de antiguos clones nuestros, a los que desafortunadamente tuvimos que matar. Nuestras palabras ya no importan, porque no tenemos ni aliento ni ganas de hablar.

Hoy, somos jóvenes promesas, y mañana, unos perdedores sin futuro. Y así, lentamente, dejamos de reconocernos en el espejo, día tras día, nos consumimos al compás de nuestros errores, crecemos al ritmo de disparos, y manantiales de nuestra propia sangre, contaminan una esperanza rota, pero aún así,

sobrevivimos a la niebla.

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